martes, 18 de octubre de 2011

En una gran caja

Suena música en la computadora, a lo lejos ruedan incesantes los autos por la avenida, en el salón tienen prendida la retransmisión de un partido de fútbol, el teclado se deja golpear cada letra, con súbita sumisión. No dejo de pensar.

Salgo al balcón, el teclado se toma un respiro hasta el siguiente round, la retransmisión se ausenta, apenas si oigo la música por el rugir de carros; veinticuatro horas de un ciclo que se renueva cada día. Allá los veo, a lo lejos decenas de metros más abajo, algunas personas pasean, otras caminan hacia algún lugar, puedo oír algunas palabras sueltas. Los pájaros vuelan sin que escuche su canto por árboles que tímidamente comienzan a florecer. No dejo de pensar. La habitación, vista desde afuera me habla por la ropa amontonada en la silla, la guitarra roja espera paciente ser tocada de nuevo, los papeles sobre la mesa presumen de su desorden, las arrugas de la cama marcan un tiempo que se renueva cada mañana, todo está bañado por el tono anaranjado que se proyecta por la bombilla bajo la lámpara... afuera está nublado, apenas si se nota el rojizo atardecer.

En el salón descansan mis llaves, hoy compré una ficha de casino verde donde también hay grabado "25", la miraré y me acordaré irremediablemente de tí, como cada día lo hago, como cada vez que camino y espero encontrarte. Hoy, que el tiempo ha pasado frente a nosotros de largo, hablaríamos de reencuentro y no de despedidas, quien sabe, nos veremos algún día... o al menos las personas darán fe de que nos hemos visto, porque hoy, como ayer, yo te vi en mis recuerdos... sentados y hablando de cualquier cosa ganándole un pulso a lo verosímil. De esta ficha apenas si conozco su historia, ella tampoco me conoce demasiado, hasta ahora sólo sé que aguardaba a ser encontrada en una gran caja con otras fichas, de otros colores, rojas, azules, rojas... apenas si había verdes. 

miau

lunes, 5 de septiembre de 2011

In Between Lines


11:06

Yo que siempre tengo energía. Yo que nunca me desanimo. Yo que no puedo callarme si comienzo a hablar, que puedo hacerlo tan rápido, que puedo discutir cualquier tema y tener y dar la razón al mismo tiempo. Yo que no puedo dormir. Yo que estoy solo. Yo que me siento triste.

Yo que todo el tiempo pienso en las cosas más oscuras que guardo en el corazón. Yo que limpio tu casa. Yo que hago cualquier cosa con mis amigos y pienso que es una actividad que nos une. Yo que escucho los riffs de Clapton. Yo que cierro la cortina.

Yo que no encuentro mi pasaporte. Yo con mi bandera, que tiene todos los colores y corro con ella. Yo que soy de todas las razas. Yo que soy inmigrante. Yo que hablo como porteño. Yo que estoy soñando. Yo que sigo despierto.

Yo que puedo sentarme a beber sin ponerme borracho. Yo que tengo la peor resaca. Yo que me despierto como si nada. Yo que estoy vivo y lo demuestro día con día. Yo que vacío los cartones y hago una pirámide en la mesa. Yo que siento que tengo que descansar pero no lo hago.

Yo que puedo hacerlo todo. Yo que escribo mi nombre en un billete de dos pesos.

Yo que me siento inspirado. Yo que nado en la oscuridad.

Yo que escucho voces que me acusan pero no las veo. Yo que viajo en ese tren. Yo que me doy cuenta de las cosas. Yo que no me doy cuenta de nada. Yo que no siento nada por ti. Yo que te necesito. Yo que cruzo el río.

Yo que vivo en Córdoba. Yo que muero en Córdoba. 

Yo. Pero también tú, y él y ella. 
Entonces,
(Nosotros)

martes, 16 de agosto de 2011

La muerte de Antoine


20:54

Empecé a escribir un cuento de la manera tradicional. Creo que es la manera tradicional porque así leí muchos cuentos cuando era niño. Terminé las primeras líneas y el resto de la página permaneció en blanco.

“Había una vez un grupo de tres pájaros que volaban sobre costas uruguayas. Dos eran verdes y comían mucho maíz, pero lo que más les hubiera gustado era devorar una serpiente sobre un nopal igual que sus ancestros. El otro era azul y odiaba que los perros se metieran a su casa.”

Leí varias veces el principio del cuento y no me convenció. Mi problema era que había otros personajes en la historia y no tenía ideas buenas para introducirlos poco a poco.

“Había un búho, dos tórtolos y una guacamaya. El grupo lo cerraba un pequeño hombrecito con gran corazón llamado Antoine.”

Después me encontré con un dilema. El siguiente enunciado que apareció en mis escritos no tenía sentido, parecía redundante y necesario a la vez.

“A diferencia de las aves, Antoine no podía volar.”

Si el cuento lo leyera un ave no habría problema, porque esa información hubiera sido necesaria. Pero la mayoría de las aves no saben leer. En cambio si el cuento lo leyera un hombre, el enunciado sería redundante porque la mayoría de los hombres no pueden volar. Por razones como esta decidí desechar el cuento. Arrancar la hoja, hacerla bolita y encestarla en el bote de basura es algo común cuando se escriben cuentos.

Además, en un cuento todos los personajes deben relacionarse y no había forma de explicar porque había dos grupos de aves o como era que terminaron viviendo en un sótano, esas cosas son difíciles de narrar. Me habría pasado mucho tiempo pensando cómo escribir el desarrollo de la acción hasta llegar a la parte en que los pájaros verdes y el azul llegaron a un jardín con flores muy extrañas. Entonces el cuento hubiera tenido un sentido distinto.

“Los pájaros verdes y el azul eran los únicos que podían beber el néctar de esas flores extrañas con sus picos. En realidad el búho también podía, pero los búhos solamente pueden ver de noche y el sol aún no se había puesto.”

Habría tenido que borrar para meter en algún lado del cuento la ubicación del jardín. Estaba en la playa. Habría tenido que salirme de los tiempos verbales con los que empecé el cuento para contar que los pájaros verdes y el azul pasaron toda la puesta del sol bebiendo el néctar de las flores y luego volando por el jardín en la playa hasta que salieron la luna y las estrellas. Hubiera sido complicado.

Después habría tenido que explicar el papel de Antoine en el cuento. Las aves ya lo conocían, pero fue en el jardín cuando se hicieron amigos de verdad.

“Antoine les habló del mundo y de las ganas que tenía de conocerlo. Les contó de sus planes de fuga hacia la tierra prometida de las pitufresas y de cómo su viaje arrancaría en Francia, donde ya habían sido encontradas por científicos. Los pájaros verdes y el azul estaban maravillados con las ideas de Antoine, y estaban muy contentos a pesar de que estaban un poco perdidos y no recordaban el camino al sótano, donde las otras aves estaban esperándolos.”

Después me quedé sin ideas para seguir con el cuento. Además no pude encontrar la forma de explicar el camino de vuelta al sótano. Sabía que tenía que escribir que no habrían podido volver si no fuera por el trabajo en equipo, así podría haberle puesto una moraleja al final, pero hubiera tenido que saltarme la fiesta de las aves, y eso no les habría gustado a las aves que leyeran.

“Cuando todas las aves estuvieron juntas, el búho estaba un poco enojado por no haber sido invitado al jardín. Los tórtolos y la guacamaya estaban muy contentos y querían hacer una fiesta. Entonces todos cocinaron gusanos con tomate y bailaron. La guacamaya y el búho bailaron toda la noche y se escuchó un “fuck you!” pero nadie supo quién lo dijo.”

Y me hubiera gustado terminar el cuento de una manera solemne y corta en homenaje a quién dejó voluntariamente el paraíso, aunque después hubiera parecido soberbio.

“Al día siguiente las aves buscaron por todos los alrededores y no pudieron encontrar mi cuerpo. Se sintieron muy tristes y decidieron volar a otro horizonte.”

Soy Antoine.

La ficha verde


21:51

Un día cualquiera caminaba por las calles de Montevideo con algunos amigos. Estaba muy contento en ese momento con todo lo que me rodeaba, el clima era perfecto, la compañía era perfecta, el lugar era perfecto. Quería llevarme un recuerdo de ese instante, pero no había nada a mi alrededor que pudiera tomar como una representación material (y portátil) de toda la situación y la verdad es que tomando fotos nunca fui muy hábil. Fue entonces que vi un círculo de plástico de aproximadamente 2 pulgadas de diámetro en el suelo, al borde de la banqueta. Era verde con un número 25 blanco en el centro. Una ficha común para jugar al póker que no tenía nada que ver con el entorno y pensé que lo más lógico era levantarla y guardarla para que cumpliera la función de souvenir personal. Acostumbro hacer cosas como ésa, lo hice antes y estoy seguro que lo haré después, sin embargo aquella ocasión pensé que no era la mejor idea y decidí dejar la ficha en su lugar. Me dije a mi mismo que era una tontería llevarme una ficha común para jugar al póker y pretender que recordaría al verla un día tan bueno y por lo tanto no lo hice.

Algunos días después, a 1006 kilómetros de distancia y arrancando un viaje distinto, encontré sobre la mesa del departamento donde vivía la misma ficha verde que había visto en Montevideo. Al principio me preocupé mucho ya que no encontraba una explicación lógica para un reencuentro de esa naturaleza y cuando la paranoia empezaba a volverme loco, Avett, mi compañero en ambos viajes, me contó que la había encontrado en Montevideo y le había parecido una buena idea recogerla. Después de platicarlo un poco decidió que me hacía más falta a mí y me dejó conservarla. Durante ese segundo viaje la ficha me sirvió para recordar que incluso las cosas más extrañas tienen una explicación muy simple y si somos lo suficientemente curiosos como para buscar un poco, la encontraremos. A partir de ese momento la ficha estuvo en mi bolsillo cada día.

Esa ficha verde fue muy útil para mí. En los tiempos que pasé nadando en la oscuridad me sirvió de salvavidas y cada vez que hablaba de ella con alguien más le asignaba un nuevo significado. La utilicé para aprender mis propias lecciones con métodos visuales poco ortodoxos. Las cosas que había escuchado antes en otros lados tuvieron sentido a través de ella. Alguien me había dicho, por ejemplo, “mentes similares piensan similar”, pero la idea de tomar un pedazo de plástico verde para recordar un buen momento no me parecía algo que dos personas pudieran pensar al mismo tiempo, sin embargo pasó.

Con el tiempo la  ficha empezó a tomar más importancia. Fue una especie de entrenadora para explorar los misterios de la mente humana dentro de los sueños. Fue algo que no quería perder u olvidar y que ponía delante de otras cosas que para otros parecían ser más importantes. Fue un recordatorio de que había algo bueno en cada lugar y había que tener presente esa idea. En fin, sin la ficha en la mano es difícil escribir acerca de todas las cosas que representó.

Más adelante aprendí sobre los cambios en apariencia imperceptibles que sufren las personas. En muy pocos meses el 25 blanco que había estado en el centro y por ambos lados de la ficha había desaparecido, pero no pude precisar en qué momento empezó a desvanecerse. El hecho es que aunque la vi todos los días y estaba seguro que ahora guardaba una ficha distinta a la original, y era cierto. Así también cambiamos las personas; muy rápido y muy lento a la vez, de modo que es difícil señalar el punto exacto de inflexión.

La ficha fue tan importante que incluso podía hacerme sentir bien en los momentos más difíciles. Recuerdo alguna fiesta con mucha gente feliz y diversión sin límite en la cual me sentí un poco triste pensando que meses después iba a “ser imposible” vivir un momento similar con el mismo grupo de personas por razones geográficas. Pero entonces y como todos los días, la ficha me dijo que si había podido reencontrarme con un objeto inanimado, para el cual es más difícil moverse o comunicarse que para una persona y que no había tenido que hacer nada para lograr el reencuentro sino esperar un par de días, entonces encontrarme con cualquier persona era también cuestión de tiempo, eventualmente iba a tener que repetirse el mismo evento, en un punto del futuro. Parecía muy obvio si mientras pensaba todo esto jugaba con la ficha entre mis dedos.

Por muchos meses aprendí lecciones de ese estilo y pensé que ya no había más cosas que pudiera extraer de la ficha pero entonces, un día antes de terminar un viaje larguísimo y a punto de volver a casa, me dio la última lección al perderse en la nada. Otra vez en un principio estaba muy preocupado por no poder encontrarla y justo un día antes de alejarme más kilómetros que la primera vez que me separé de ella. Tuve que pensar mucho en las razones de la pérdida; los primeros días me dio la idea de que había concluido una etapa y con ello todo recordatorio material de ella debía desaparecer para poder empezar una nueva desde cero. Sin embargo después me di cuenta que ya no la necesitaba. Todas las lecciones que aprendí seguían presentes en mi pensamiento y los recuerdos que había esperado tener por siempre teniéndola ya estaban grabados en mi memoria. Comprendí que lo importante había sido el tiempo que pasó en mi bolsillo y entre mis dedos y nada más, después de todo ese lapso se convirtió en una ficha común para jugar al póker.

Hoy pensé que si decidía volver a nadar en mares oscuros y solos me haría falta, pero después dije que siempre tendría su recuerdo y que debía ser suficiente.

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