21:51
Un día cualquiera caminaba por las calles de Montevideo con algunos amigos. Estaba muy contento en ese momento con todo lo que me rodeaba, el clima era perfecto, la compañía era perfecta, el lugar era perfecto. Quería llevarme un recuerdo de ese instante, pero no había nada a mi alrededor que pudiera tomar como una representación material (y portátil) de toda la situación y la verdad es que tomando fotos nunca fui muy hábil. Fue entonces que vi un círculo de plástico de aproximadamente 2 pulgadas de diámetro en el suelo, al borde de la banqueta. Era verde con un número 25 blanco en el centro. Una ficha común para jugar al póker que no tenía nada que ver con el entorno y pensé que lo más lógico era levantarla y guardarla para que cumpliera la función de souvenir personal. Acostumbro hacer cosas como ésa, lo hice antes y estoy seguro que lo haré después, sin embargo aquella ocasión pensé que no era la mejor idea y decidí dejar la ficha en su lugar. Me dije a mi mismo que era una tontería llevarme una ficha común para jugar al póker y pretender que recordaría al verla un día tan bueno y por lo tanto no lo hice.
Algunos días después, a 1006 kilómetros de distancia y arrancando un viaje distinto, encontré sobre la mesa del departamento donde vivía la misma ficha verde que había visto en Montevideo. Al principio me preocupé mucho ya que no encontraba una explicación lógica para un reencuentro de esa naturaleza y cuando la paranoia empezaba a volverme loco, Avett, mi compañero en ambos viajes, me contó que la había encontrado en Montevideo y le había parecido una buena idea recogerla. Después de platicarlo un poco decidió que me hacía más falta a mí y me dejó conservarla. Durante ese segundo viaje la ficha me sirvió para recordar que incluso las cosas más extrañas tienen una explicación muy simple y si somos lo suficientemente curiosos como para buscar un poco, la encontraremos. A partir de ese momento la ficha estuvo en mi bolsillo cada día.
Esa ficha verde fue muy útil para mí. En los tiempos que pasé nadando en la oscuridad me sirvió de salvavidas y cada vez que hablaba de ella con alguien más le asignaba un nuevo significado. La utilicé para aprender mis propias lecciones con métodos visuales poco ortodoxos. Las cosas que había escuchado antes en otros lados tuvieron sentido a través de ella. Alguien me había dicho, por ejemplo, “mentes similares piensan similar”, pero la idea de tomar un pedazo de plástico verde para recordar un buen momento no me parecía algo que dos personas pudieran pensar al mismo tiempo, sin embargo pasó.
Con el tiempo la ficha empezó a tomar más importancia. Fue una especie de entrenadora para explorar los misterios de la mente humana dentro de los sueños. Fue algo que no quería perder u olvidar y que ponía delante de otras cosas que para otros parecían ser más importantes. Fue un recordatorio de que había algo bueno en cada lugar y había que tener presente esa idea. En fin, sin la ficha en la mano es difícil escribir acerca de todas las cosas que representó.
Más adelante aprendí sobre los cambios en apariencia imperceptibles que sufren las personas. En muy pocos meses el 25 blanco que había estado en el centro y por ambos lados de la ficha había desaparecido, pero no pude precisar en qué momento empezó a desvanecerse. El hecho es que aunque la vi todos los días y estaba seguro que ahora guardaba una ficha distinta a la original, y era cierto. Así también cambiamos las personas; muy rápido y muy lento a la vez, de modo que es difícil señalar el punto exacto de inflexión.
La ficha fue tan importante que incluso podía hacerme sentir bien en los momentos más difíciles. Recuerdo alguna fiesta con mucha gente feliz y diversión sin límite en la cual me sentí un poco triste pensando que meses después iba a “ser imposible” vivir un momento similar con el mismo grupo de personas por razones geográficas. Pero entonces y como todos los días, la ficha me dijo que si había podido reencontrarme con un objeto inanimado, para el cual es más difícil moverse o comunicarse que para una persona y que no había tenido que hacer nada para lograr el reencuentro sino esperar un par de días, entonces encontrarme con cualquier persona era también cuestión de tiempo, eventualmente iba a tener que repetirse el mismo evento, en un punto del futuro. Parecía muy obvio si mientras pensaba todo esto jugaba con la ficha entre mis dedos.
Por muchos meses aprendí lecciones de ese estilo y pensé que ya no había más cosas que pudiera extraer de la ficha pero entonces, un día antes de terminar un viaje larguísimo y a punto de volver a casa, me dio la última lección al perderse en la nada. Otra vez en un principio estaba muy preocupado por no poder encontrarla y justo un día antes de alejarme más kilómetros que la primera vez que me separé de ella. Tuve que pensar mucho en las razones de la pérdida; los primeros días me dio la idea de que había concluido una etapa y con ello todo recordatorio material de ella debía desaparecer para poder empezar una nueva desde cero. Sin embargo después me di cuenta que ya no la necesitaba. Todas las lecciones que aprendí seguían presentes en mi pensamiento y los recuerdos que había esperado tener por siempre teniéndola ya estaban grabados en mi memoria. Comprendí que lo importante había sido el tiempo que pasó en mi bolsillo y entre mis dedos y nada más, después de todo ese lapso se convirtió en una ficha común para jugar al póker.
Hoy pensé que si decidía volver a nadar en mares oscuros y solos me haría falta, pero después dije que siempre tendría su recuerdo y que debía ser suficiente.
No hay firma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario